El camino de la docencia de Nubia Vicencio
Esta profesora que vive en el sector Las Compañías, siempre soñó con transformarse en docente y luchó hasta conseguirlo, ha estado ligada a la docencia. Su carrera como profesora la comenzó en 1971
La vida de Nubia Ismelda Vicencio Lamas ha estado ligada a la docencia. Su carrera como profesora la comenzó en 1971
Estudió la primaria en la escuela N 18 de la Compañía Baja que en un principio estaba en calle Independencia donde en un momento a principios del 1900 efectuó clases una joven Lucila Godoy Alcayaga que luego se convirtió en Gabriela Mistral. En este mismo recinto estudiaron sus tíos, tías y su madre. Con el paso de los años por falta de espacio el inmueble se trasladó al sector de calle Juan José Latorre y colindaba con un estanque y el Retén de Carabineros.
En un libro de vida admitió que generalmente obtuvo los primeros lugares. “Fui elegida como mejor compañera de mi curso. Siempre muy regalona de mis profesores y directora,mucahgs veces me daban la responsabilidad de enseñarle a mis compañeros (as), siendo la menor y muy debilucha, pero ellos respetaban mucho, a pesar que eran mayor que yo (…) Mis profesoras y directora siempre me vieron como una profesora a futuro”.
Junto con el tema de la enseñanza, también se inculcaba labores domésticas como bordar, tejer, coser y pegar botones. “Recuerdo que cuando tenía 9 años hice un mantel de mesa bordado que regalé a una tía”, rememoró en el escrito.
Terminó su carrera docente como directora del colegio José Manuel Balmaceda. Tras su retiro se abocó de lleno al cuidado de su esposo que se enfermó y luego su madre. “Me dediqué a cuidarlos a ellos hasta que falleció primero mi madre el 2014 y luego mi esposo (Héctor Adonis quien era mecánico) el 2023”, sentencia.
Confiesa que la educación se convirtió en la actividad más importante que ha enfrentado. “Siempre digo que lo mejor que un padre (puede dejar a sus hijos) junto con los valores es entregarle una buena educación”, sintetiza.
Es por ello que admite que en su caso personal desde pequeña fue un sueño transformarse en profesora, “recuerdo que jugaba en mi casa con mi hermana a hacerle clases, incluso, como a abuelita que tenía gallinas, también le hacía clases”, sentenció.
Cuando terminó la sexta preparatoria sus profesoras la postularon a la escuela normal de La Serena, pero no logró acceder luego que en la mitad del examen fue vencida por los nervios, “entonces no pude ingresar y perdí la opción y me afectó sicológicamente”, recordó. Pero, no se desanimó. Sus profesoras la alentaron para que ingresara a la escuela técnica y posteriormente viajar a estudiar a Santiago al Pedagógico donde saldría como profesora secundaria, “pero, yo quería ingresar a la escuela Normal porque siempre quise ser profesora y para mí lo más grande es haberlo logrado”, insiste. En todo caso, al final consiguió el objetivo y terminó ingresando a la Escuela Normal y se transformó en profesora, “fue y es mi gran orgullo, con ,mi familia materna somos muy unidos y siempre nos acompañamos en todo”.
Siempre ha vivido en La Compañía, “hoy es un lugar totalmente distinto al de antes tanto la convivencia social como en todo aspecto”, remarca.
Su práctica como docente fue en el colegio D-21 actual Alonso de Ercilla y la directora era Gipsi Iribarren, “como normalista me imprimió más todo lo que era referente a educación, hice muchas cosas ahí, aparte de hacer clases a los niños le hacía clases a mis apoderadas, les enseñaba a leer y modas”, profundiza.
Su primera destinación fue en Chepiquilla, localidad al interior de Andacollo, “donde caminaba 8 kilómetros diarios para ir y venir al colegio”. En esta escuela estuvo cuatro años.
Luego de las clases se perfeccionó en Ciencias Naturales en Coquimbo donde viajaba todos los jueves. Pero, no solo eso, en las noches hacía clases para adulto en el liceo de Andacollo en el ramo de historia y geografía.
Tras la muerte de su padre se trasladó a Coquimbo a la escuela 19 actualmente Mario Muñoz Silva quien en ese entonces era liderado por Mario Muñoz Silva, “más que director fue mi padre, en Coquimbo comencé a hacer horas de religión en el colegio que está frente al puerto, el que está en Anibal Pinto y en un colegio en El Llano, fui muy inquieta con respecto a educación y siempre estudiando”.
Posteriormente pidió el traslado a la escuela D-8 actualmente Arturo Prat Chacón donde estuvo como directora Magaly Rodríguez, “y me dio todas las oportunidades y ahí conocí a tantos jóvenes y madres, yo siempre dije, la gente y los niños de Las Compañías son gente muy respetuosa”, recalca.
Una de las mayores satisfacciones es cuando en la feria la detienen apoderados que le dan las gracias por la educación entregada a sus hijos. Incluso, ex alumnas convertidas en madres. “Era muy estricta y me daban las gracias por eso, me contaban que ahora eran un gran profesional y trabajaban muy bien y esas cosas a uno la llenan de alegría”, sentencia.
UNA EDUCACIÓN A PULSO
Aún tiene en su mente el inicio de la ex escuela D-8. “No tenía cierre, las salas eran de madera, los baños fosas sépticas y los profesores íbamos a las casas cercanas cuando teníamos necesidad de ocupar el baño y los vehículos pasaban prácticamente por medio del patio, pero sí había un ambiente muy agradable para trabajar, todas nos ayudábamos, fue muy hermoso haber trabajado, tengo muy buenos recuerdos”.
De hecho, en un encuentro ex alumnos le entregaron un diploma a los docentes como recuerdo y agradecimiento. Con el tiempo potenció el área de las ciencias naturales, “la mayoría de los jóvenes me dicen la profesora de ciencia”.
LOGROS A LA VISTA
En el colegio Arturo Prat la nombraron coordinadora de extraescolar y posteriormente jefe técnico en el colegio Villa San Bartolomé donde se desempeñó por 13 años y se trasformó en subdirectora. Su talento y perseverancia la llevó a transformarse en directora (s) del colegio José Manuel Balmaceda y luego como directora titular. “Se llamó a concurso y lo gané y ahí estuve 10 años”.
A los 63 años se acogió a jubilación, aunque por algunos meses estuvo trabajando en asesorías a un colegio de Vicuña y Andacollo, “pero lamentablemente se enfermó mi esposo y tuve que renunciar, me dolió mucho porque estaba feliz trabajando con mis colegas y enseñando todo lo que uno había aprendido y orientándolos para que tuvieran un buen desarrollo frente a las actividades pedagógicas como en la parte de la convivencia escolar”, precisa.
Cuidó a su esposo por 11 años, “con bastante esfuerzo, pero con cariño, él siempre pensaba seguir con la mecánica, nunca quiso darse cuenta y aceptar que ya no podía trabajar, para él eso fue muy fuerte y doloroso. Fue un gran padre y un gran tío porque ayudó mucho a sus sobrinos paternos y mi familia. Muy bondadoso, rabioso, pero de muy buen corazón”.
MANTENERSE ACTIVA
Actualmente vuelca su esfuerzo en el tejido y participar en ferias artesanales en Las Compañías. “Me dedico a hacer manteles, delantales y también hago tejido, es que para mí es muy difícil dejar de hacer cosas y también estoy en la agrupación de profesores normalistas, donde he tenido la suerte de participar en varios conversatorios con alumnos de pedagogía, tanto de la universidad de La Serena como la U de Los Lagos, es como una tarea inconclusa que tengo no poder seguir aportando, sobre todo en las personas que les gusta y poder enseñar los que nos enseñaron en la escuela normal”, manifiesta.
Tiene dos hijos, una hija y un hijo, “ninguno de los dos, ni mecánico ni profesor, el hijo es ingeniero en computación y la hija es técnica en enfermería “.
Su sueño es traspasar su talento tanto en la parte valórica, “porque siento que en eso acá en nuestro país estamos muy débiles, como que se dio mucho espacio a los derechos, pero no a los deberes y eso ha destruido a las personas porque está el egoísmo, egocentrismo, la poca empatía, tolerancia, antiguamente no, los libros que usábamos antiguamente todas las lecturas eran relacionadas con valores y recuerdo que mi padre era ciego, pero él siempre tenía charla conmigo y siempre hablando de la parte valórica”, insiste.


