El yugoslavo que se encantó con La Compañía

Josip  Lusic vivió  más de sesenta años en calle El Salvador y antes  de fallecer en julio de 2014  había concedido una entrevista a nuestro periódico  donde  relató su vida y cómo se terminó por ambientar  en este sector.

 

Crecimos viendo su figura. Su voz ronca. Reconozco que siempre me llamó la atención su locuacidad para hablar  y sobre todo su sinceridad y frontalidad. Un domingo de finales de abril de 2014 lo encontramos en calle Avenida Argentina  caminando junto a un carro de supermercado y su bastón. En los últimos años era su forma de recorrer el barrio y aprovechar de caminar. Hablamos más de una hora y luego se inició la sesión fotográfica. Por cosas del destino las imágenes no fueron registradas. Es por ello que dos semanas después volvimos a su hogar para repetir la sesión. Sin embargo, sus familiares nos comunican que había sufrido un derrame cerebral que lo tenía grave en el hospital. En una sala del establecimiento lo encontramos inconscientes. La enfermedad había sido fulminante.  A principios de julio nuevamente llegamos a su casa y su hijo “Vieco” nos comunica mirando al cielo  que su padre había fallecido a principios de junio.  Rápidamente nos recordamos de un desgarrador momento de la entrevista. “Estoy esperando muerte, el cajón”, nos había confesado.

No fue posible  las imágenes, sin embargo, quedó como homenaje póstumo  sus últimas palabras que  se plasmaron en una entrevista que hoy reproducimos como un reconocimiento a su estadía en La Compañía.

Pero, al mismo tiempo, se transformó en una nueva prueba del objetivo de este periódico: Lograr testimoniar y registrar las historias  de los personajes y pobladores de este sector.

Guisupe

SUS VIVENCIAS DE PRINCIPIO A FIN 

Siempre la idea de Josip  era viajar a Norteamérica. Muy joven lo operaron de apendicitis

Salió con 23 años de la marina de guerra. Fue considerado uno de los mejores timoneles de barco.

Los países recibían profesionales, pero él no tenía educación completa. De hecho, sólo  accedió a segundo básico. Fue campesino y pescador, “nada más”, remarcó.

En un momento llegó el aviso de quién quería viajar a Chile. Era  1951.  En nuestro país el entonces Presidente Gabriel González Videla estaba alentando  la traída de colonos italianos para trabajar la tierra. “Yo  llegué como emigrante libre”, nos señaló.

En todo caso también viajó en el Américo Vespucio (el barco que traía los inmigrantes de Europa). Se había propuesto cruzar el mundo para trabajar. Había encubado rabia de Yugoslavia. “Allá se odian católicos y ortodoxos, se mataban como bestias en la Segunda guerra mundial”, se explayaba con su potente voz.

Pero, lo que más sentía es que dejó a su madre y padre botados. Confiesa que cuando llegó  a Chile lo primero que le dijeron es que tuviese cuidado porque en la noche podría sufrir un asalto.

Él provenía principalmente de Dalmacia. La conexión hacia Chile la hizo  de Italia donde estuvo casi un año en un campamento. “Pero, no sólo yo, había polacos, búlgaros y checos”.

COMIENZA LA AVENTURA

En su arribo a nuestro país se transformó en un trotamundo. En primer término recaló en Valparaíso. “Cuando llegamos  a Chile trabajamos en lo que sabía hacer y si no sabía nada, se le buscaba, de lo contrario a la aventura”.

En su caso se fue a trabajar en la pesca a  Talcahuano en una compañía  alemana. Le pagaban 15 mil pesos y sin desayuno. “Debimos  haber sido atendido como rey, pero nosotros con hambre”.

Sólo duró ocho días en el trabajo y se regresó a Santiago. “Allí encontré un paisano de mi pueblo quien tenía un taller metalúrgico, “pero todo el mundo te quería engañar y explotar, él miraba su interés y no mi vida  y un día lunes no salí a trabajar y  me dijo, ‘usted es igual que los chilenos que  los días lunes no sale a trabajar’”.

DIFERENTE CULTURA

Nuevamente se regresó  a La Serena. Allí trabajó en el hotel  Londres  en todo tipo de labores.  De la limpieza hasta junior. “Pero, una señora se enojó conmigo y el dueño también era paisano mío (Yugoslavo)”. Una vez más tuvo diferencias con los propietarios y lo despidieron, “hasta que me fui a trabajar con los italianos en la parcela 19 donde estaba Dino Olivier”.

Se considera directo y alejado de la mentira, “nunca me ha gustado robar, ni pelear con nadie. Aborrezco peleas, converso y con buena cultura moral. Yo no me enojo con la gente cuando me saca la madre, sino que le digo, muchas gracias”.

Hablaba cero español. De hecho, era la principal complicación para hacerse entender.

En La Higuera lo echaron con los Carabineros  de una planta minera porque no pudo soportar los malos tratos. Pero, rápidamente se transformó en sereno  en una obra que se realizaba en  la carretera panamericana, “ahí también me echaron. Yo soy correcto, contesto, pero no me gusta la trampa, robos, insultos ni nada”.

En  esta labor conoció a Dina Romero que lo acompañó toda vida. Llevaban casados más de 60 años. “Es una muy buena mujer, estoy feliz”, destacó en su última entrevista.

EL PARAISO DE LA COMPAÑÍA

Tras un año trabajando en el Mineral El Romeral  después se fue a probar suerte en Argentina. Se llevó  a toda  la familia. Sorprendentemente estuvo cinco años en el país trasandino.  Se instalaron con un kiosco que posteriormente vendió. Con el dinero recaudado nuevamente se instaló en Chile. Se  había nacionalizado chileno. Con el dinero recaudado comenzaron  a ver donde vivir hasta que anclaron en La Compañía.  Un sector que lentamente se comenzaba a poblar.  Seguía viviendo en el mismo lugar. “Lo compré como estaba y después hice algunas terminaciones y cerré el sitio”.

Trabajaba en lo que saliera. Aún recuerda cuando en un fundo de Vicuña araba  con bueyes. “Con el tiempo me llamaron gitano, porque me iba donde ganaba más”.

La última etapa de su vida la dedicó a recorrer las calles del barrio apoyado en un  carro de supermercado y un bastón. Es por ello que su  mensaje en un momento de la entrevista fue   lapidario. Premonitorio. “Estoy esperando muerte, el cajón”, confesó.

Si ha sido feliz  en Chile, hace una larga pausa y  reitera, “más o menos” y vuelve al mismo discurso de la entrevista. “No me gusta robar, todos podemos vivir sin pelear, sin robar, compartir”.

Asegura que en el barrio nunca ha tenido problemas, “porque no me meto con nadie, nunca me metí a una cantina, nunca fútbol, odio fútbol, lo destruiría en 24 horas. Esa es corrupción”.

Asegura que  su natal Yugoslavia nunca se terminará, pese a que actualmente ya no existe con este nombre, “esas separaciones la hacen los americanos, los ingleses y franceses para que no tenga fuerzas para pelear contra ellos. Serbia tiene 14 millones de habitantes y  Croacia  6”.

Pese  a tener un acento extranjero,  advertía sentirse completamente chileno, “no quiero saber nada con Yugoslavia, se van a la cresta todos”.

Aún recuerda cuando en plena Segunda Guerra Mundial estuvo preso, “nos denunciaron con los alemanes que nosotros trabajábamos con la guerrilla y en la noche nos llevaron presos a todos”.

El tenía sólo 15 años . “Nosotros éramos mensajeros, sin documentos,  lo teníamos todo en la cabeza. Las bombas caían 100 metros de mi casa, pasaban aviones a ras del suelo”.

Aún tiene vivo el recuerdo  de la muerte de su abuela, “el ataúd lo llevaban entre dos personas. Un hombre que perdió todo no puede estar feliz, mi padre, madre, hermana”.

A pesar  que sólo posee segundo básico,  tiene una lucidez impresionante y  maneja al dedillo los temas internacionales. “Tengo libros de 170 países, historia, a mi hijo le gustaba leer de todo.. Muy poca gente sabe dialogar y hablar como uno ”.

LLORANDO LA PARTIDA

Su hijo destaca

Cuando llegamos nuevamente a su hogar dos meses después para conocer de su recuperación, su hijo “Vieco” mira para el cielo con resignación  y nos dice que había  fallecido el 16 de junio de 2014.

Nos hace pasar a su taller donde nos muestra  unas fotografías que tenían en un lugar especial. No puede ocultar el dolor  que le provoca el fallecimiento de su padre. A ratos se quiebra. Derrama algunas lagrimas. Destaca que el principal legado que le dejó  su progenitor fue el valor del trabajo y la honestidad. “Nunca meterse en problemas y siempre ayudar a quien lo necesita. Un hombre que me dio unos correazos como lo hacía antes la gente, el daño físico era mínimo, pero los agradezco, porque gracias a esos uno aprendía”. 

Reconoce que en los diferentes diálogos que tuvieron y se lo recordó antes de morir es  que el mayor dolor que guardaba era no haberse despedido de sus padres cuando emprendió rumbo a Chile. “Nunca más los vio”.

No oculta  que en más de una oportunidad se le ha aparecido en sueños, “le pregunto, ‘Papá como está, se encuentra bien, llegó al cielo a ver a su familia, sus hermanos, los tíos’, pero me contaba que no podía ver a su familia”.

Resalta que con el tiempo su padre se logró adaptar  a La Compañía  y sobre todo con los vecinos. “Le gustaba leer lo que encontraba, era un hombre muy educado y tenía cualquier tema. Nos decía, ‘la lectura es buena’”. 

Uno de los mayores recuerdos  que tiene juntos son los viajes que efectuaron por Argentina, Ecuador y gran parte de Chile. “Éramos unos trotamundos. Le agradezco  que estando muy chico me llevara a  Argentina  donde habló con un yuguslavo y le dijo que si podía trabajar y quedé y ahí se me fueron abriendo los caminos”. 

Insiste que   era  feliz en su hogar, “a veces  era  un poco  desconfiado y no le gustaba dejar la casa sola…En este momento se extraña, la veo sola,  vacía sin él. Aun recuerdo cuando decía, ‘yo mando acá, soy el jefe’”… lo que siempre  nos recalcó que esta casa no se venda nunca, sea  para los nietos y tataranietos”.

 

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